Mientras mi maleta siga viviendo su vida, las pocas fotos que puedo colgar son las que hice con el móvil.
Javi.
Y de propina dos vídeos galardonados en Cannes: "Adiós a Tasmania" y "Sushi train o que viene el pepino".
+113.jpg)
la Santa María se preocupa por los suyos. He aquí su retrato robot: mujer, unos dos mil años de edad. Viste capa blanca, bandera de la Unión Europea en órbita al rededor de la cabeza. Suele llevar el corazón fuera del cuerpo.
Me estreno como columnista en el que, probablemente, sea el primer blog ganador de un premio Pulitzer con una reflexión más bien dramática de lo que puede llegar a ser la primera fase de nuestro viaje.
Llamadme neurótico si queréis, -y me consta que algunos lo haréis- pero la catástrofe se cierne sobre nuestras melenudas cabezas. ¿Cómo pretende llegar hasta el confín del mundo un grupo como el nuestro, formado por especialistas en la hecatombe, la debacle total y las seguidillas de hechos bochornosos? Aún suponiendo que llegásemos hasta territorio australiano sin tener que lamentar ninguna perdida personal, es decir, sin perder a ningún integrante del grupo en Londres o Hong Kong a manos de las mafias internacionales, habría que tratar el espinoso asunto de nuestros “visados electrónicos”. No es que desconfíe de las nuevas tecnologías, simplemente estoy seguro de que acabaremos en alguna infecta prisión australiana a merced de malvados maltratadores de koalas y otros villanos de dudosa catadura moral. Por otra parte, mucho me temo que el aspecto patibulario de nuestro grupo de audaces aventureros (imaginad cómo estaremos después de varios cientos de horas de vuelo) no nos será de mucha ayuda. El hecho de que miembros del grupo hayan sido descritos como turcos, gitanos, psicópatas sedientos de sangre o miembros de bandas de sodomitas juveniles no sirve para tranquilizarme precisamente.
Aunque pensándolo bien, Australia fue colonia prisión de Inglaterra… ¡vamos a sentirnos como en casa!